Santo Grial Aragones

Fue en los primeros tiempos de las persecuciones a los cristianos, cuando era obispo casi clandestino de Roma el Papa Sixto II, a quien por fin descubrieron y vinieron a prender los esbirros imperiales. Su diácono Lorenzo, que era natural de Loreto, un suburbio de la ciudad de Huesca, quiso ir con él a recibir el martírio, pero el Pontífice no se lo permitió, al menos hasta que hubiera distribuido entre los pobres de la ciudad imperial los escasos bienes que entonces poseía la Iglesia.

Así lo hizo Lorenzo y se dispuso a entregarse y sufrir el martírio, pero, antes de cumplir la orden que le había transmitido el Papa, separó de aquellos tesoros sagrados el que tenía por más preciado: el Cáliz con el que el mismo Jesucristo instauró la Eucaristía durante la Última Cena, el mismo Cáliz que recogió también su sangre cuando, ya en la Cruz, el centurión Longinos le atravesó el costado con su lanza. San Pedro había llevado consigo la joya simbólica al trasladarse a Roma y todos sus sucesores lo habían conservado como la más importante reliquia de la cristiandad.

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